Totopteca

Extractos de la biblioteca totoptero

Heker, Liliana. El Fin de la Historia. Suma de Letras: Buenos Aires, 1996. 286 págs.

Cuando era pequeño, mi mamá me llevó a cine por primera vez. Era un función doble en la cual el ciclo: vida de Víctor Jara – entrevista Mercedes Sosa; dejó una marca que se sustentó con la repetición constante del otro ciclo (esta vez en casa y en Betamax) Noche de los Lápices – Doctor Zhivago. Fue así como empecé a entender desde el aburrimiento el discurso de lo confesional. Después siguieron los ocho casetes con canciones de Silvio Rodríguez que me regaló mi hermana, los especiales de día festivo con Pablo Milanés en alguna plaza de España y las invitaciones a tomar cerveza de Oswaldo en barcitos de son cubano y afiche del Ché (excelente-conversación, música no emocionante). Con todo este bagaje estructural, la literatura post-dictatorial no me parecía nada agradable; me aburría. Aunque bueno, siempre estaba Charly García, con él cualquier acción parecía lógica y cualquier actitud tomaba visos de heroicidad grandilocuente. Entonces aparecí en Argentina y aparece María, me sirve un vino tinto y me cuenta que las cosas no siempre son así, que la literatura busca siempre nuevas maneras de contar lo mismo, y que importa eso: las formas: “Las formas, pastuso. Las formas” (me dice). Me habla de un taller, de una escritora que vale la pena leer y que siempre aparece en nuestras charlas. Otro día salgo a la calle y en una mañana en que quiero comprar libros en oferta aparece su nombre, y está a diez pesos, y digo ‘ya está’, y termino por leer “El Fin de la Historia” de Liliana Heker.
Me cuentan que al momento de salir, el libro produjo un revuelo político importante (ya había pasado su clásica discusión con Cortázar sobre la estética del exilio), dado que en esta novela se narra la forma en la cual una líder estudiantil de Montoneros termina enamorada de “su” (aunque el posesivo siempre me ha sonado raro) torturador; pensé también en el revuelo de Sábato y el prólogo del “Nunca más”, y ahí paré… porque esa es otra historia. Y paré ahí porque lo que más me interesó de libro no fue la historia que cuenta, sino las reflexiones que se hacen sobre los procesos literarios para narrar la Historia (con esa mayúscula incómoda) y su forma (la forma pastuso; tenías razón María). El libro está contado desde varias voces, temporalidades y giros lingüísticos; aunque decir eso es ser injustamente reduccionista con la novela. Desde la primera página un narrador móvil, inseguro y que abre el campo narrativo empieza a tejer una trama en la cual la escritura toma un lugar primordial: ¿cómo narrar la revolución?, ¿qué narrar?, ¿mejor empezar desde las ilusiones o desde la caída del sueño? Es desde estas primeras aperturas en la cual la pregunta sobre la validez de la Historia (y sus correspondientes historias) conectada con la literatura explota para crear las significaciones posibles de la novela. Es entonces cuando las formas de enunciación narrativa acuden en auxilio de esa duda inasible ante la cual siempre nos quedamos cortos: las voces introducen voces que escriben textos que introducen voces. Las itálicas, los paréntesis, los guiones de diálogo, las comillas... proliferan. Con cada nueva marca tipográfica, aparecen voces que cuentan y recuentan el inicio de una novela que tenemos en nuestra manos, pero que no acaba de iniciar. Esas frases que pasaron desapercibidas en el primer capítulo se reescriben hasta llenarse (y por lo tanto vaciarse) de significados. Así como en otro nivel hace Clarice Lispector en “La hora de la estrella” o Mario Levrero en “La novela Luminosa”, Heker plantea de manera explícita el abismo que significa la escritura de una novela en la cual no hay una historia completa, en la cual no se quieren traicionar los principios (palabra polisémica como ninguna en la tarea del escritor y que se usa en la novela para mostrar dualidades), en la cual se plantea una ética de la enunciación y en la cual la escritura se convierte en acción abismal cuando se la contrapone a la Historia. Y es ahí donde me doy cuenta que lo que hace la escritora es dar un giro a lo “confesional” tal y como lo presenta Idelver Avelar y lo pone en cuestión, duda de lo posible-verosímil en la literatura y acaba de un tajo con la idea de que la literatura testimonial representa un testimonio. ¿Cómo hace esto último?, carga a la novela de “literaturidad”, le inyecta esa palabra rara que nunca entendí en la universidad y que, decían, era el sumo vital de la literatura. Por otro lado está aquello que se nos cuenta, en lo personal la parte menos agradable de la novela (extraño, pero es así). La historia central cuenta la forma en la cual Leonora, una líder estudiantil, vive los diferentes momentos en los cuales la revolución entra, se desarrolla, se plantea y se establece a partir de diferentes espacios y momentos. Desde la ilusión utópica de finales de los cincuenta, hasta su transformación en una pesadilla dirigida por los militares hasta inicios de los ochenta. En muchas ocasiones, pensé en si la utilización de los clichés sobre los movimientos comunistas de esa (y esta) época se hacía de manera consciente o inconsciente; después pensé si en el 96 esos clichés ya estaban establecidos; ya sin respuesta, sólo pude concluir la complejidad de la realización de esta novela. Las frases, las actitudes, la ropa: ¿son de los setenta, los noventa o de hoy en día? Leo que la autora se tomó más de cinco años en escribir esta novela, y ese tiempo detallado es algo que se nota en la novela; un trabajo que se puede describir con una de las palabras más interesantes que aprendí a usar en esta ciudad: es prolija.
Mientras leía la novela, me di cuenta que los procesos de la literatura en Colombia son muy diferentes. A falta de una dictadura explícita que produjera objetos literarios precisos, la literatura confesional ha mutado con la utilización de otros tipos de herramientas más cercanas a lo periodístico. Aunque esto último es sólo una hipótesis. Quizá uno de los libros que están actualmente utilizando esas herramientas literarias sea “Acaso la muerte” de Alejandra Jaramillo (libro al que le debo una entrada en el blog) y al que me recordó mucho la lectura de esta novela. Esta novela abre entonces para mí un nuevo panorama, o mejor, re-abre un panorama que fue saturado por esos clichés en mi infancia y que (continúo con la pregunta: no sé si son utilizados por la autora como conscientemente burlescos o forman parte de una herramienta de creación de ambiente) con el tiempo tienden a desaparecer. Y, después de todo, siempre estará Charly para cerrar todo lo que no funcione bien en nuestras armazones lógicas del mundo.

1 Acotaciones:

Anónimo dijo...

sí, pero no, pero sobre todo ya casi.
—f.

Subscribe